Rosa: Tejiendo para ayudar

Rosita Herrera tiene 82 años. Ella, como tantas abuelas, tiene muchas historias para contar. Pero una de esas historias que nos enternecen y nos acercan, también es una fábula de superación que nos inspira. Hasta hace muy poco, Rosa se encontraba postrada, atrapada por una terrible depresión, sin poder salir de su casa. No se animaba a hacer cosas que le daban alegría, ni realizar tareas que ella atesoraba como, por ejemplo, la costura y el tejido: "Mis pasiones", cuenta Rosa.

Desde el Taller de Tejido, dictado en los Nidos de Ostende por Lidia Fogacci y Stella Gomez Ricagno, conocieron esta situación en una recorrida de territorio y fue allí cuando la invitaron a formar parte del mismo, informándole de los recursos que se tenían y el gran grupo humano que se había formado: "Se me habían juntado muchas cosas en mi vida. Tengo Parkinson y, además, había tenido un ACV. Todo esto me generó una depresión fuerte, me tiró para abajo mal y no tenía ganas de hacer nada, ni salir de mi casa", explica Rosa, "Fue en ese momento tan oscuro en que conocí a las señoras de este taller, me vinieron a buscar, me animaron a dar ese primer paso para recuperar mi vida".

Rosa todavía recuerda aquel primer día del resto de su vida: "Fue fuerte", reconoce, "Pero a la vez fue divertido, fue como volver a empezar. Me sentí bien, nos tratamos con cariño desde el comienzo. Muchas me devolvieron ese cariño al instante y las otras, poco a poco, las fui observando y, entre chiste y chiste, les fui metiendo alguna 'patadita' para poder entendernos. La verdad es que nos ayudamos entre todas y hay un grupo hermoso", cuenta Rosa entre risas.

Hoy, Rosita participa muy activamente del taller, cociendo y tejiendo sweters para sus nietos y su gran desafío es colaborar con los que menos tienen, agradeciendo la posibilidad brindada por el municipio: "No veo la hora de que llegue marzo para volver al taller. Yo vengo luchando con un problema que tuve hace un año cuando me quebré las muñecas y desde ese momento estoy recuperándome. Nunca dejé de participar porque esto me sacó de un lugar muy feo en que estaba y me da fuerzas y motivación", detalla Rosa. "Ahora mismo estoy con ganas de seguir tejiendo chalecos. Hice algunos para mis nietos y bisnietos y ahora quiero seguir pero ayudando a la gente. Personalmente prefiero hacerlo siempre callada pero si esto sirve para contagiar a alguien más, bienvenido sea". 

Rosa, con el correr del tiempo, se animó a más y hoy, además, se sumó al Taller de Expresión Corporal. Una forma de sentirse parte: "Desde los años 70' estamos en Pinamar y ahora que pasaron los días más oscuros soy más feliz que nunca. Con Pedro, mi marido, vimos cómo fue creciendo este lugar y lo sentimos más cercano. Quizás mi historia no sea importante pero lo que quiero contar, lo que quiero que se sepa, es que siempre hay que animarse a salir, hay que superarse, dejar de lado la tristeza y salir. Siempre hay chances de empezar de nuevo".